Valentina Oviedo: Mi estudiante adolescente y su lado oscuro

Valentina Oviedo: Mi estudiante adolescente y su lado oscuro
Escrito originalmente por mrdancante en Guiacereza.com

..... Yo tampoco quiero que mis papás se den cuenta.....

Su voz suave y casi infantil deslizó esas palabras en mi oído tal como un cuchillo recién forjado se sumerge en agua helada. No supe si reaccioné o qué; un mundo de posibilidades (ninguna favorable) pasó ante mis ojos y tanto dolor y miedo bloquearon mi cerebro. Sus palabras dulces y delicadas fueron como agujas cervicales y sólo pude caer una y mil veces por segundo en un pozo seco en el cual yo era su prisionero, encadenado y completamente a su merced.

Dubitativa y con cierto aire de inseguridad movió sus talones como queriendo acercarse de nuevo a mi escritorio; estábamos a mitad de clase, justo antes de empezar el segundo bloque y varios chicos todavía estaban terminando su merienda, algunos hablando de videojuegos y otros sobre las tareas que les dejaban en el colegio. Sus amigas ya estaban en el salón y una se arreglaba el peinado mientras charlaba de cosas que sólo las niñas adolescentes comprenden en su mundo aparte. Valentina seguro pensó que si volvía a mí un silencio abrumador en el salón iba a develar sus palabras. Cualquier cosa que hubiese dicho iba a poner mis labios en los suyos, a pegar mis manos a su cuerpo como se pegan dos imanes, destruyendo mi carrera y mi prestigio en ojos inocentes que no habían conocido el pecado de la deliciosa carne adolescente, pensé yo.

Valentina Oviedo es esa estudiante de buena familia, hermana mayor pero consentida por sus papás. Le pagaban el curso de inglés porque decía que quería estudiar en una universidad en Texas, una ingeniería; decía que tal vez se presentaría al MIT y sólo los dioses saben el exquisito placer que da ver unos labios carnosos y juveniles hablando con la experiencia de la mujer más audaz de mis noches. Era buena en matemáticas, ganó media beca en el colegio, pero la rechazó porque sus papás podían pagarle la colegiatura entera y porque ella decidió que ese apoyo lo usara alguien que lo necesitara más. Me lo contó unas semanas antes, como si hubiese sido hace años, pero no presté atención por estar mirando sus 5 fotos deliciosamente cuidadas y perfectamente insinuantes mientras nos enviábamos mensajes de chat.

Lo cierto es que nuestra charla era deliciosa en todo sentido. Tenía ese balance entre seriedad, trascendentalismo, curiosidad y picardía. Me dijo algo un día sobre DaVinci, pero yo otra vez desconcentrado no podía para de mirar la foto de sus deliciosos pezones, escondidos entre sus dedos de pianista. Me saludó un día preguntándome: "Cómo hago para cerrar los ojos y volver a abrirlos y que tú estés encima de mí?" Es la erección más rápida que he tenido en la vida. Mis neuronas no conectaron nada retorcido e ingenioso que igualara su nivel y aunque vi el mensaje de inmediato no contesté nada, pues me hallaba ocupado consolando a la bestia felina y salvaje hambrienta de su cuerpo de corderito.

Yo tenía la idea de que Valen era una chica universitaria (su manera de hablar, su delicioso cuerpo torneado, la sexualidad en su boca, su malvado doble sentido y su perfil de Tinder me lo decían). Mi descuidado portugués apenas pudo descifrar: "O segredo não é correr atrás das borboletas, é cuidar do jardim para que elas venham até você". Cierto, delicado, delicioso y sensual... ella capturó mi mente como si el adolescente fuera yo y me enamorara perdidamente de mi maestra. Bueno, ella no se enamoró y yo, pues... estuve peligrosamente cerca.

Entendí un poco mejor el uso del maquillaje, pues la dulce y tranquila niña de jeans y tenis que se sentaba los sábados a tomar mi clase y tímidamente leía su tarea (siempre perfectamente escrita, pero con titubeos pronunciada) resultó ser la misma flor húmeda y avocada al placer carnal que me mantenía hasta la madrugada consintiendo mis deseos impuros y libidinosos. Acordamos jugar a ser extraños, pues lo éramos, y así sin juzgar ni saber mucho del otro le mostré todo lo que su carne deseaba, me mostró todo lo que mi carne jamás hubiera deseado. Conocí la deliciosa profundidad de su vagina y su creciente curiosidad por el sexo anal. Aprendí que sus pezones se ponen rojos si tiene frío o si imaginaba mi boca lamiéndolos. Se descontroló al punto de masturbarse donde estudiaba, en las banquetas del polideportivo mientras yo la veía a través de mi pantalla.

Claro que sí, yo también me masturbé para ella; por ella. Veía su boca retorcerse y sus ojos delineados dilatando sus pupilas mientras le mostraba lo que ella me pedía. Tenía el delicioso vicio de morderse el labio y cuando se excitaba se retorcía el pezón derecho por encima de la blusa. Yo ansiaba lamerlo, sobarlo, curarlo y curarle a ella la calentura pero todo eran excusas... excusas para disimular que me estaba pajeando como en mis mejores años a causa de una muchachita, no malcriada pero sí con exquisitos resabios y recovecos de perversión. Una Geisha aún en las aguas turbias de la adolescencia.

Quedamos de vernos un miércoles. Me contó primero que a sus papás que no tenía clase. Yo sí tenía. Trabajaba en las mañanas todos los días y en las tardes preparaba mis deberes. En general andaba ocupado, pero sin dudar dije que sí. Ambos estábamos ardiendo y las fotos y los mensajes así lo atestiguaban. Valen (como se llamaba en Tinder) me preguntó qué íbamos a hacer... por 3 segundos pensé que era la pregunta más idiota (y tierna) que me había hecho desde que nos dimos Like, pues ya le había escrito y dicho cómo iba a recorrer su cuerpo con mi lengua y cómo le urgía a mi piel sentir la suya. Cómo mi sexo se henchía de desespero por embutirse dentro de esa boquita y sentir su lengua y su piercing masajeando mi glande... yo sabía bien que eso la complacía, que al mencionarlo me iba a enviar un demonio morado y seguramente con disimulo se iba a retorcer el pezón. "Lo que tú quieras" bajé mi respuesta como un comodín, manteniendo el retazo de decencia que a mí por ser el mayor de dos adultos debía quedarme.

Me devolvió una carita feliz y yo una con la lengua afuera guiñando un ojo. Deseé que por su mente pasara la misma idea que me iluminó otra vejación con su cuerpo: Me imaginé lamiendo su ano y no pude más que salivar y mover mi lengua puntiaguda en el aire. Si alguien me vio seguro tuvo la visión más viciosa y retorcida de su día, de su semana. Me sentí sucio y asqueroso por desear con tanta lascivia a esa jovencita, pero a la vez me regodeaba en el placer de saberla una mujer con deseos, con un temperamento sexual tan maduro y parecido al mío, pero con ese toque de discreción que nos permitía disfrutar aún más nuestras locuras. Ella sabía de mi oficio, de mi constante doble sentido y amarillismo. Se sentía a gusto, se educaba en mis vejaciones y las observaba como un ciervo inocente pero atento. Me hablaba con tal desparpajo que jamás imaginé que yo sería el segundo varón que la penetrara, y menos imaginé ser el primero que le causara une petit morte.

El sitio, la hora y la silleta del centro comercial llegaron a empellones en mi mente. Todo se hizo gigante y empecé a sentir presión en el pecho cuando mis ojos empezaron a buscarla y sólo hallé a una niñita con un libro en las manos... "¿dónde estará Valen?" - pensé, mientras me fijaba en un lugar estratégico para verla cuando llegara. Algunos pasos más me advirtieron, quisieron decirme, pero no hice caso del resto de mi cuerpo. Toda mi atención se encontraba en mi lengua y cual serpiente empecé a buscar en el aire sus feromonas, seguro y determinado a encontrarla así, por el olor de su cuerpo, por la ruta olfativa del deseo de su sexo. Fui lascivo, indiscreto, libidinoso.... instintivo. La buscaba jadeante en el lugar de encuentro, pero entre cuerpos borrosos y sin rostros no veía más que luces, gente que iba y venía... y una niñita con un libro en las manos.

Valentina Oviedo me mira fijamente. En su mirada hay sorpresa y no sé qué más. Sonríe mientras se quita las gafas ovaladas de marco blanco. Me sonríe y veo sus dientes perlados y bonitos. No lleva nada de maquillaje y yo aprieto los ojos para mirarla nuevamente. Ahí está la niña que va los sábados a mi clase. La que recogen a las 12 en punto porque va para natación en la tarde. No veo a Valen, sólo tengo un encuentro vergonzoso con una muchachita que me llama profe, que apenas tiene la mitad de mi edad y que en un año o dos tendrá que volver a usar frenillos. No está Valen pero si está Valentina Oviedo.

Caigo en un foso oscuro y sólo puedo dejarme caer... ella lo sabe también.

Me saluda y nos sentamos. Casi sin hablar. La miro y reconozco en su piel el lunar de su cuello que tantas veces quise besar. lleva una blusa estampada de rayas blancas y negras en chifón. Puedo ver que lleva un top deportivo tal vez, blanco, de algodón. Creo que hasta ese momento ella cae en cuenta de todo. Sabe que le ha mostrado su cuerpo desnudo a su profesor, que se ha masturbado por y para él, que nadie más la ha visto explorar su placer anal y que ha dicho tantas vulgaridades y ha confesado tanto que no hay quién merezca más su cuerpo y su ser que yo. Sabe que sus pecados están en mis manos. Seguramente vio más rápido que yo que sólo nos quedaba superar el obstáculo de la moral infundada, de la convención social, de la decencia, del dogma.

Hablábamos de tonterías, sin atrevernos a enfrentar nuestra verdad: Yo era su profesor, ella una de mis estudiantes. Nos veíamos los sábados. Yo le daba clases a ella y a otros 20 adolescentes. Yo era un modelo de respeto y buen comportamiento; ella siempre buena estudiante y aún mejor persona. ¡Sus papás me conocían! Su mamá (también guapa y deliciosamente entrada en sus 40s) me había dado la mano un par de veces... Eran demasiadas verdades que no queríamos ver, tal vez porque al aceptarlas se abriría entre nosotros un abismo y nos alejaría de algo que aún no sabíamos si queríamos dejar de hacer.

De pronto empecé a recordar que ya alguna vez me había fijado en las caderas de Valentina Oviedo. Fue un día que trabajaron en grupo y por la ventana superior entraba un rayo amplio de sol. Ella se puso de rodillas en la tabla de su pupitre y la mitad de su cuerpo se bañó de luz tal vez sin que ella se diera cuenta, o tal vez padece como yo de actirastia y buscaba algún consuelo sin que nadie se percatara… ¿Ni siquiera su maestro de lengua extranjera? Eso falló señorita Valentina; yo vi su cadera, me imaginé fugazmente su culo y pensé... "esta niña va a ser un bizcocho en unos años". 

Con ese recuerdo en mente logré volver a mi estado lascivo, o al menos excitado. Retomé el control de mi voluntad y decidí pretender que no era el cúmulo de nervios, confusión, deleite, ganas, terror e inseguridad que evidentemente era. Por un momento de calma logré ver que aunque ella disfrutaba el espectáculo, padecía los mismos síntomas... nos encontramos en una mirada llena de expresión. Nos leímos los ojos y las mentes y nos lamentamos con gestos de la tragedia de la que éramos víctimas. Desconsolados pero nostálgicos y contentos nos regocijamos en un abrazo tierno y fraternal (total nos lo debíamos) que duró menos de lo aceptable. Debajo de tanta tragedia aún estaban nuestras ganas animales de comernos vivos y ese abrazo sólo había activado nuestros instintos, había juntado los imanes.

Morder sus labios fue delicioso. Tenía un leve sabor a espuma de guanábana y aún quedaba medio vaso en la mesa... el impulso de regarlo en mi verga y hacer que como una putita buena y obediente se pusiera de rodillas y lo lamiera sólo pudo ser controlado por el mordisco que ella me dio a mí.  Después de besarnos fue como si ya hubiéramos tenido sexo toda una vida. Me sentí cómodo y volví a ser el que le inflamaba las ganas antes de dormir, el hombre que la idolatraba como una deidad personal. El esclavo que pasaría la noche lamiendo y chupando los dedos de sus pies.

El medio vaso de jugo se quedó ahí. Nosotros nos fuimos casi sin pagar y ni las vueltas esperamos. Me pareció lento el taxi que nos llevaba, pero rápida la manera en que Valen, o la señorita Oviedo movía su lengua sobre mis labios. Al pasar el policía acostado que hay dentro del motel vi cómo sus senos saltaron y su cara de falso pudor me hizo gracia. Bajamos y en la recepción observé con ahínco a través del vidrio grueso. Quería saber si la chica de la recepción iba a sorprenderse por ver a una niña al otro lado del mostrador. Hasta ese momento no pensé en eso: Podrían negarnos la entrada si le pidieran su cédula o algo así. el terror volvió. 

No nos dijo nada, excepto: "sigan al segundo piso que mi compañera les colabora" y yo me sentí aliviado y tranquilo para volver a mirar a la niña, para reflejar mi cara en el espejo que me mostraría el crimen que estaba a punto de cometer. Subimos las escaleras y observamos en un sillón una pila de toallas y sábanas limpias, una bolsa de tela grande con cosas para lavar supongo. Se acercó la muchacha de la limpieza y ella sí que nos miró. Vio a la niña prendida de mi pecho y de inmediato levantó su mirada acusativa hacia mí. Con un gesto de vergüenza evité su mirada, pero pude ver en su boca una sonrisa retorcida, tal vez porque ya lo había visto o porque ellas ven de todo en los moteles.

Nos llevó por recovecos y llegamos a un cuarto sencillo. Cuál sería mi alegría al ver una silla tantra allí instalada. Me saboreé para mis adentros mientras leía en una cintilla de papel sobre la silla: Esterilizado. Ella pidió una botella de agua y yo una cerveza fría. Pagué y cerramos la puerta con seguro...

Nunca antes sentí tanto apetito por un cuerpo, a nadie he vuelto a lamer completamente. sólo me faltó su cabello. No hay un cuerpo entero que mi saliva haya cubierto, solo a Valen... a nadie nunca se me antojó meterle la lengua en el ano (y nunca lo haría con la enfermiza insistencia con que se lo hice a Valen... quise ser entero un pene y penetrarla completamente para juntar sus cables de placer y mantenerla en ese estado sin tiempo fijo. Quise llevarla a explorar placeres más allá del ansia de nuestros cuerpos ya desnudos y jadeantes. Por todo el cuarto tuvimos sexo, también hicimos el amor y fuimos dos cuerpos entregados al placer mecánico de la penetración, de la succión y del gemido. Nuestras carnes se extasiaron en un sacrificio efervescente que colmaba nuestros sentidos. Fue una diosa guerrera cabalgando mi cuerpo: Le gustaba ver esa pose en gifs y videos, pero sólo a su almohada se le había montado antes. Ella sabía que yo la quería tener así, sobre mí. Jadeante y ensimismada en satisfacer su furor uterino con mi verga erecta y caliente. Yo fui su maestro también. Le chupé el clítoris con el más delicado y pudoroso tacto y devoré su vagina entera con mi lengua ancha y caprichosa bailando sobre sus labios. Sucumbió a lo que no conocía, saltó al vacío con miedo... lloró y sus lágrimas corrieron por su carita de niña pero también por su vagina, su pulso se fue al techo y yo vi su garganta vibrar en espasmos acompasados con sus piernas... sus nalgas se apretaron... y ahí entendió por qué del deseo y del placer no se puede volver jamás.

Yo había hecho mi mejor esfuerzo por no terminar y bueno, el condón me ayudó. Pero no podía concebir la idea de penetrarla sólo así. No quería abandonar tan delicado y delicioso cuerpo sin probar con mi carne su carne, sin regar con mi leche sus entrañas, o su boca (pensé que tal vez era demasiado para una primera vez el venirme en su cara o sus tetas, o hacerle sexo anal. un poco de raciocinio muy oportuno) y después de un descanso corto (que yo aproveché para besar y lamer cuanto pude de su cuerpo) ella con energías renovadas y deseosa de volver a sentirse al borde de la muerte, dirige sus manos hacia mi verga y la frota, a lo cual no puedo responder de otra forma que no sea elevando mi cadera para acercarla a su boca. 

Toma mi verga en su mano, con pena y timidez, pero con curiosidad. La mete en su boquita y visualmente me corro instantáneamente. Esa imagen aún me causa tanto deleite como esa tarde. Veo su boca inmóvil mientras con la mano mete y saca mi verga. Percibo que no tiene ni idea de si lo está haciendo bien y se lo pregunta. Yo, aunque no sienta tan rico lo disfruto como pocas mamadas se disfrutan, con el placer enfermizo de saber que es la primera verga que prueba esa boquita. Ella cumplió con mamarlo y para mi está bien, así es que la tomo del hombro y trato de hacer que venga a mí. Ella viene arrastrándose a besos algo torpes por mi cuerpo hasta llegar a mi boca y mirar mi cara. Yo la abrazo mientras está sobre mí. De nuevo nos encontramos para contemplar la tragedia que una estudiante menor de edad y su profesor deben, pero no quieren ver. 

Y no quisimos. 

¡Si no fuera porque a sus casi 17 años ya su cuerpo era de mujer... sus labios sabían provocar el deseo en mi... sus manías e inquietudes me causaban tanto morbo... si no fuera porque mi verga estaba cómoda y caliente dentro de su sexo y ella lo sabía y lo disfrutaba... si no fuera por esas cosas me hubiese sentido como un pedófilo! (lo fui, lo soy ahora que lo relato y lo seguiré siendo mientras esa tarde siga en mi memoria). No me arrepiento de nada. No vimos televisión, no charlamos, no reparamos en la verdad. Sólo fuimos lo que el otro necesitaba y nos urgía en ese rato. Éramos un hombre y una mujer saciando sus instintos, bebiendo del cuerpo de su amante. No moralidad, ni futuro. Solamente había un altar entre sus piernas que ya mi lengua extrañaba y mi verga no quería abandonar. Su estrechez me secuestró y yo padecí el Síndrome de Estocolmo en todo el esplendor de la carne. Era suyo, era su amante y ella era mi amante. Éramos una sola carne extasiada y deseosa de tenerse más, de poseerse, de follarse, de chuparse y excitarse. 

Así logré la proeza de no sucumbir antes que ella y por la suerte del valiente ella gimió y se estremeció unos segundos. Yo no pude más. Con afanosa cortesía no pude más que moverme bajo su cuerpo y en sólo un instante sentí como mi leche se derramó dentro de ella... lo único que me respondía eran las ganas de seguir eyaculando, de seguir pujando, de seguirla llenando de mí. Vi su boca abrirse como con asombro, vi que se quedó tan quieta… esperando o disfrutando que yo acabara así y luego se tumbó sobre mí.

Su cuerpo pequeño se amoldaba bien a mi pecho. Anatómicamente esbeltos y estéticos. Veía sus delicados pies moverse sobre mi piel mientras descansamos. Volví a mirar sus manos y descubrir a la niña de 16 años que acababa de hacerme llegar dentro de su sexo. Mi lascivia en júbilo total y una sonrisa de oreja a oreja en mi cara. Ella hecha una maraña de pelo al fin levantó la cabeza y con su mano acomodó su pelo a un lado. Otro momento de terror: ¿Y ahora qué?

Pregunté cómo se había sentido. Con una sonrisa tierna y algo de pudor se tapó los senos y me dijo que bien. Yo aún la estaba amando con mi mirada, pero creo que eso la incomodó y precipitó su ida al baño. Se levantó y me recriminé por no haber jugado más con su culo, aunque recordé lo poco higiénico que es meter una lengua en el culo, más no me importó porque aún podía ver sus nalgas entrando al baño antes de cerrar la puerta. Hubiera querido quedarnos a vivir ahí, pero ella ahora no sentía deseo, tal vez había vuelto a ser niña y tenía el afanoso deseo que da la culpa de refugiarse con su familia.

Nos vestimos y salimos. Yo le pregunté qué iba a hacer y me dijo que tomaría un taxi a casa. Una parte de mi aliviado y muy relajado porque en el fondo esperaba drama, lágrimas, pudor y cosas así. Nada de eso fue. Simplemente nos despedimos con un pico más tímido que el primero y ella se subió en el primer taxi que pasó.

Llegó el sábado y yo tenía terror porque después de eso no volvimos a chatear. Ni fotos ni emoticones ni gifs ni nada. No le pregunté cómo le fue o cómo llegó a la casa esa tarde. Yo no quería ser el primero en hablar; pensaba ingenuamente que estaba tratando con una adulta y que esto era un juego de poder... lejos estaba de imaginarme lo que sucedía.

Ese día todo transcurrió normal hasta que justo después del descanso, antes de empezar el segundo bloque, se acercó a entregar su tarea y me habló con voz certera y suave. Quedé atontado en cavilaciones y la vergüenza no me dio fuerzas para levantar la cara y mirarla a los ojos, ni siquiera a sus deliciosas tetas… lo único que me sacó de la silla fue la repentina visita de mi jefe a mi salón. Jefferson me llamó y brevemente me explicó que los papás de la niña Laura Valentina Orozco Caviedes habían venido a recogerla y que no estaría el resto de la jornada. Ese fue el último día que cruzamos palabras y miradas... nunca volvió a clase ni me escribió de nuevo. 

Ni su perfil en Tinder volví a encontrar.

Publicación anterior Siguiente Mensaje