Una mamada con mucha fe

Una mamada con mucha fe
Escrito originalmente por connie-franco en Guiacereza.com

A los 14 años el problema es tener la verga relajada. Hay es que echarle hielo raspado para mantenerla a raya. Y yo nada que bajaba bandera. Solo dedito y escarceos en la oscuridad con la gorda del barrio. La gente del parche me la tenía montada con la pregunta feroz:

-      Nunca te la han mamado? – preguntaban sabiendo de antemano la respuesta

-      Que no hombre, pa’ que le digo que sí. Si no.

Todos me fanfarroneaban en la cara. Ponían el tema echándole sal a la herida. “Pocillo” (le faltaba una oreja al pobre) contaba como la noche anterior la trigueña Encarnación le había pegado una chupada tan brava que le había tocado pararla porque la boca aspiradora de la nena arrasaba todo a su paso: calzoncillos, sábana, toalla. Era una chica de grandes aspiraciones.

El flaco Jaime me restregaba una mamada a dúo que le habían practicado dos empleadas del servicio. Y así, mis 14 años iban en blanco. Jalándome la piola en función matiné, vespertina, y noche.

Un alma caritativa, que se apiadó de mi sufrimiento, trae una buena noticia: se está formando el grupo de danza folclórica. Hay hembras de sobra y necesitan hombres. Cómo será la escasez, que las bailarinas se pintan bigote y se recogen el pelo para poder hacer las coreografías en pareja.

No se diga más. Me encuentro con 40 mujeres y siete hombres. Hay para todos los gustos: cuchas, negras, jóvenes, indias, altas, bajitas. Incluso hay una enana que, según dicen, la chupa de pie. El culerío más bacano.

 “Así como usted es en la pista, así mismo es en la cama”- solía decir mi profe de filosofía a quien apodaban “El soñador” porque tenía una pata de palo, de manera que dormía a pierna suelta.

Entonces la vida me llevó a Betty. Ella de 18, yo de 14 y nos fuimos tocando en la contradanza, el San Juanito, la guabina. Ya el negocio estaba pisado y se necesitaba una salida. Primera presentación en Buga. Que ni el Señor de los milagros me quita esta arrechera.

Betty era fogueada. Tenía más mundo que Caín. Cayendo la noche, me llevó al parque José María Cabal. Nos recostamos al famoso árbol (de donde, dicen, amarran al bobo de la familia, mientras los demás saltan y corren). Ella experimentaba el vértigo de la culiada pública. Cabal nos miraba fijamente con su espada erguida y yo que la tengo erguida desde que pasamos por la basílica, hombre. Yo esperaba unos besitos y algunos toques, pero Betty no se va por las ramas. Lo de ella es el tronco. Me manda la mano a la bragueta e inicia la bajada hacia el cabezón. De una y sin visaje.

Yo había fantaseado tantas veces esa escena que cuando la boca de Betty iba a medio camino me desbordé, a borbotones, me adelanté a los hechos en medio de la emoción bugueña.  Qué pena, Betty es que había esperado tanto este momento.

La ventaja de ser prematuro a los 14 años es que más se demora uno en venirse que en volver a levantar cabeza. Lo mejor es que Betty alcanzó a agarrar al vuelo algo del diluvio. Y lo saboreó.  Yo creía que eso solo sucedía en las películas porno del teatro Asturias.

Con el reguero en el medio cuerpo, Betty agarró el toro por el glande y comenzó a subir y bajar.  Y el pobre cabezón, entregado a la pasión primeriza, lanzaba la lava del Vesubio. Y seguía como si nada. Betty se lo tragaba. Tinteros dobles y triples.

Ella me llevó a la cuarta dimensión. Ya nadie podía humillarme con sus historietas. A mí no me la habían mamado en cualquier potrero, a mí me habían dado muela en la ciudad Señora. Que cuando iba por Palmira dejó de ser señorita, la muy buscona. Buga se convirtió en mi pasión debutante. De ahí que yo le tenga tanta fe al Señor. Y a las bailarinas. 

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