El mejor helado saboreado

El mejor helado saboreado
Escrito originalmente por Gelu en Guiacereza.com

Llegamos a casa, se baño nuevamente y salió con una pijama transparente hasta nuestra cama.  Mientras me aseaba trajo un par de copas de vino y colocó en el televisor una música relajante. Hablamos un poco de nuestro día a día. Cada vez que movía sus labios existía en ella una picardía de querer hacer cosas de nuestro agrado total. 

La bese pasando mi vino a su boca, luego me dirigí a su cuello que fácilmente me entregó. Se dio la vuela para que besara por atrás de sus orejas y empezó el jadeo. Yo excitado decidí quitar toda mi ropa y a ella la batola. Nuevamente le di la vuelta y sus senos ya duros con los pezones erguidos fueron mi nuevo botín. Disfrutábamos como pareja de ese momento en donde me concentraba en sus senos y cuello. Ella se relajaba y sentía a gusto la pasión de recorrer su dorso. 

Use mis dientes para quitar esos pantis que estaban amarrados de dos hilos y quedó su vagina expuesta, rosada, sin vellos. Besaba un poco más arriba y luego me iba a sus piernas. No toca aun el clítoris, ese que me llamaba para que mi lengua empezara a rosarla. Toque su niez con mi lengua y se arqueo, disfrutaba mordiéndose los labios y diciendo más. 

Empecé entonces a besar sus labios menores, mi lengua recorría esos límites con delicadeza y firmeza. Los movimientos de la lengua eran como comiendo helado, saboreando sus fluidos que salían en buena cantidad de su vagina. Hasta que toque el clítoris y mi lengua empezó con fuerza a moverse, una y otra vez repetía ese movimiento sin usar mis dedos. 

Su olor penetraba toda mi cara, pero me hacia feliz, su vagina era un manjar que siempre deseaba hasta que empezaron sus movimientos, pidiendo que entrara en su cuerpo, pero no quise, solo quería que llegará al orgasmo con mi lengua que era un motor ya encendido hasta que se desencadeno un fuerte grito de placer que me dejó satisfecho. 

Volví a lamer su vagina como un helado, me comía todos sus fluidos y ella ya con ganas de retirarme, pero mi éxtasis desenfrenado me llevaban a seguir ahí metido con movimientos fuertes. Una que otra contracción pequeña indicaban que mi propósito había sido conseguido. Mi esposa estaba satisfecha y yo jadeante de ver que la noche era joven y quedaba aun más de media botella de vino. 

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